8 de noviembre de 2014

La Ladera del Bosque

Todo el mundo buscaba la ladera del bosque.
Era como un mito o una leyenda, el sueño de un millar de personas. A todos les obsesionaba y los consumía la idea de un bosque húmedo y nuboso capaz de librar la mente de males. Muchos se embarcaban en busca de ese lugar para nunca más volver. Pero había un número escaso de gente que aseguraba que había estado allí y describía la ladera como un lugar de en sueño: confuso, pero a la vez reparador; difuso, pero diáfano. Decían que todo tormento desaparecía, que ningún dolor dejaba marca.
Todos ellos eran unos mentirosos. 
La ladera del bosque no era un más que un camino sin fin; sin un punto en el que empezara ni en el que acabara. Un sendero destinado a la infinidad, cubierto de miles de pasos de caminantes perdidos que buscaban, ilusamente, un lugar inexistente.
Aunque, quizá, después de todo, la ladera sí que sirviera para librar la mente de males, porque existía un punto en el que, después de tanta marcha exhaustiva, la mente se dejaba consumir por la niebla que cubría el suelo, la hiedra y los árboles. Y entonces ya no había nada más, solo vacío.
La ladera no era un lugar donde el dolor desapareciera.
La ladera era un lugar para perderse, para perder la mente.
Supongo que por esa razón entré, pero la verdad, ya no me acuerdo.

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